MILAGROS

El Perfecto Refugio; Historia de un Milagro, Doug

miraldadoug

Te voy a platicar un evento que me sucedió hace dos años. Te lo platico porque es una prueba fiel de que los milagros existen. El amor de mi vida, Douglas, sufrió una tragedia de alcances inigualables. El es arquitecto y tenia un exitoso negocio de construcción, y nos iba muy bien. Yo también participaba en el negocio. Nos íbamos a Salt Spring de vacaciones dos o tres veces al año, comprábamos todo lo que queríamos, el dinero no era nuestra preocupación, tampoco la salud. Teníamos muchos sueños y metas, toda la vida por delante.

De pronto la vida nos dio un giro, y el piso se nos movió como si estuviéramos viviendo un terremoto o un tsunami. Cierto día acudió a una intervención dental en un consultorio de Commercial Dr., en Vancouver. Cuando salió de ahí todo parecía normal. El es un hombre que mide dos metros, fuerte y robusto en aquel entonces, así que se sentía como si nada. Nos fuimos a casa. A la semana estaba en el hospital en coma, y el mismo día que vino la ambulancia por el, lo operaron de emergencia.

Las bacterias que todos tenemos en la boca se la habían ido al cerebro, causándole una severa infección cerebral. Estuvo en el hospital cinco meses, dos de los cuales se la pasó en coma. Tuvo tres operaciones del cerebro, y cuando regresó a casa, le dio un stroke.

Al segundo día de la operación, me llamaron los doctores a una junta de familia. Eran cinco especialistas atendiendo el caso de Doug. El jefe de ellos me dijo: -Prepárese para lo peor, no creemos que sobreviva a la infección, las bacterias se encuentran en todo el cerebro y en el fluido espinal. En cualquier momento pueden ir a un órgano lo cual sería fatal.

Tenia una temperatura diaria de 38 a 40 grados centígrados, su corazón le latía a 140 pulsaciones por minuto, estaba a punto de morir. Y a los cinco días de esa terrible noticia tuvo otra operación. Había sufrido un derrame interno en el cerebro. No lo quise dejar ni un instante. Me quedaba horas a su lado. Quería estar presente para cuando se tuviera que ir. Sin embargo, no dejaba de rogarle a Dios que lo dejara vivir, que nos diera una oportunidad.

Que vacía me parecía la casa sin el. Nunca creí que la presencia de alguien llenara tanto una casa. Esa noche empecé a hablar en voz alta como si estuviera hablando con Doug, tan alta que alcancé a escucharme y me asusté. Pero a pesar de eso seguí hablando y mas fuerte todavía, sin importarme la posibilidad de estar perdiendo la razón, hasta que el mismo temor me calló. Antes de caer dormida sentí que una parte de mi también estaba muriendo, y no tenía a Doug para que me ayudara a pensar como salir de eso. Me dormí respirando su esencia en la almohada que todavía olía a el, deseando que a la mañana siguiente la pesadilla hubiera terminado.

Todos los días rezaba, le transmitía energía, ponía ángeles, le tomaba la mano, le cantaba, lo acariciaba, en fin, hacia todo lo posible y lo imposible por ayudarlo. Una de las enfermeras que atendía a Doug una mañana se acercó a mi y, con lágrimas en los ojos me dijo que estaba conmovida de ver como lo cuidaba, que no había visto algo así. Normalmente los familiares iban a ver a sus enfermos una o dos horas, pero no ocho, como yo.

A los dos meses tuvo una tercera operación, hubo necesidad de ponerle una válvula en el cerebro que lo ayudaría a reciclar el fluido. Esa vez lloré tanto que pensé que algo me iba a pasar. Me costaba trabajo asimilar que iba a tener una válvula para toda la vida, todavía no podía creer que todo eso estuviera sucediéndonos. Y así pasaron otros meses más en el hospital.

Aprendió poco a poco a caminar de nuevo, a hablar, a comer. Se cayó varias veces de la cama intentando pararse, porque estaba confundido y semiinconsciente. De hecho, no recordaba nada de lo que habia pasado. Se imaginaba que un coche lo habia atropellado. Fue tremendo.

El cuidado que le tenían en la unidad de cuidado intensivo era meticuloso. Cada hora le preguntaban qué día, mes y año era, en qué país estaba, qué lugar era ese, y otras que ya no recuerdo, con el fin de cerciorarse de su estado. Ninguna respondía bien. Sin embargo, cuando una enfermera señalándome le preguntó: ¿quien es esta mujer? Douglas me volteó a ver y respondió con una una mirada de absoluto amor, “Esa mujer es mi Princesa, mi esposa.”
Mi corazón dio un vuelco de alegría. Podía reconocer. Era el principio de la victoria.

Contra todas las predicciones medicas, Douglas había sobrevivido. Se convirtió en un milagro incluso para los mismos doctores, quienes comentaban que la ciencia no sabía como explicarlo.

Sin embargo, lo que prosiguió fue todavía más difícíl, fué impactante ver como la tragedia lo había transformado: estaba muy delgado, desorientado, había perdido mucho cabello, y lo acosaba un humor terrible para hacia conmigo y con todos. Era muy doloroso verlo, tal parecía que no era el, era otro. Su inteligencia, su agudeza mental, su buen humor, su gallardía, todo en él se había ido.

Estoy segura que de la impresión me caí de las escaleras de mi casa. Justo tres meses después de que Doug enfermara, una mañana me preparé para salir a una junta con lo doctores que tenía en el hospital. La junta era a las nueve y ya se me había hecho un poco tarde, así que iba de prisa. De todos modos en el camino preparé mi almuerzo a toda velocidad, y cuando me encaminé hacia las escaleras tomé la bolsa de basura que estaba en la cocina para tirarla en los trituradores del estacionamiento. Llevaba las dos manos ocupadas, una con la lonchera y las llaves del coche, la otra con la bolsa de basura y unas cosas que había preparado para llevarle a Doug.

Iba bajando cuando en eso me tropecé a mitad de las escaleras y no me pude sostener con nada. Una de los zapatos que llevaba puesto salió volando en el aire, y yo junto con el. El talón del pie fue lo primero que se impactó con todo el peso de mi cuerpo en el suelo de piedra. Clarito sentí como los huesos del tobillo y de la pierna izquierda se rompían irremediablemente en pedazos. Un grito salió de mi, tan largo, que no supe como detenerlo. Alcanzó a escucharlo mi hija, quien se encontraba en la casa. Cuando me encontró tirada en el suelo pude adivinar en su rostro que algo muy terrible me había pasado, pero como siempre he sido una optimista, preferí pensar que sólo había sido un esguince.

“Ayúdame a pararme, -le pedí-, necesito ir al hospital. No te preocupes, cuando la junta termine voy al doctor para que me vea el pie.”

Sin contestarme nada salió de la casa dando de gritos en busca de ayuda. Un vecino que ya se acercaba porque me escuchó gritar entró y me impidió levantarme. De inmediato llamó a la ambulancia. Las reacciones en el rostro de los paramédicos me confirmaron que no podría ir a la junta. El pie era un desastre. Por la posición que tenía yo no podía verlo, lo cual fue una fortuna. Quien sabe cómo me vería con tres huesos salidos rasgando la piel, pero no quiero ni imaginarme.

Las dos operaciones que siguieron y una regañada por parte del cirujano antes de la segunda operación me confirmaron la gravedad del asunto. -¿Se da cuenta de como trae el pie? No se si lo pueda dejar como estaba…¿pues qué estaba haciendo?” –Me preguntó en un tono acusatorio que conllevaba una risita indescifrable a la vez. Me le quedé mirando y pensé, ¿pues de dónde es este que me habla así?
Ya sabía que existían culturas automatizadas que adolecían de calor humano. Como extrañé el don de la amabilidad y el afecto de la gente de mi tierra. No le contesté ni le dije lo que pensaba porque me iba a operar, y por supuesto no quería contrariarlo, pero que gordo me cayó. Me hubiera gustado decirle, a ver, con mucho gusto póngase usted en mi lugar y viva lo que yo he vivido en los últimos meses y a ver si me vuelve a preguntar qué carajos he estado haciendo.

Lo más increíble es que los huesos de mi pie soldaron en un mes y medio de guardar cama. Hasta el mismo doctor regañón se sorprendió. “Levántese y camine, -me dijo ese día que lo fui a ver para que me pusiera la segunda bota que procedía para apoyar el pie en el suelo-. Ya no necesita la bota, su pie esta curado. No se qué hizo, pero lo que haya hecho le funcionó. ”
Claro que hice algo, le di curación y energía a mis heridas todos los días. Ni siquiera tuve necesidad de tomar los poderosos calmantes que me recetó, yo sola disminuí el dolor considerablemente, aceptándolo. Tal y como diario trataba de aceptar lo que nos estaba pasando, porque, al fin y al cabo, ese era mi hoy y mi ahora.

Tardé bastante tiempo en caminar bien de nuevo, y aún todavía tengo algunos problemas. Pero no podía darme el lujo de sufrir, el sólo contaba conmigo, así que tenía que estar fuerte y salir adelante. No había nadie más que me ayudara. Su mama vivía en Toronto. Ella vino a verlo pero ¿saben que me dijo? -Llévalo a una casa de asistencia, tu sola no vas a poder cuidarlo así como estas.”
De ninguna manera iba a hacerlo. Había perdido todo, su carrera, su trabajo, su salud, sus amigos, y ¿también su hogar? Nunca lo llevaría. Todo había cambiado súbitamente, sin darnos cuenta de cómo, pero ya estábamos ahí, y había que afrontar la situación. Doug me había dado todo, yo también estaba dispuesta a dárselo todo.

Sin embargo, todos los días me acosaba un miedo inmenso a enfrentar todo eso en un país que no era el mío. Me sentía completamente sola. Pero a la misma vez que todo parecía derrumbarse, una nueva fe de salir adelante empezó a crecer en mi. Era la misteriosa dialéctica del universo, es decir, en la misma medida en que las cosas iban mal, en esa misma medida sacaba fuerzas de lo más recóndito de mi misma hasta sorprenderme, y a la misma vez que esas fuerzas se ponían en movimiento. Una nueva Miralda se forjaba, triste, pero más fuerte, sola pero más acompañada de si misma.

Tenía que lograrlo, y lo vi como una evolución hacía una etapa más hermosa, más espiritual, más comprometida con la vida y menos temerosa de la muerte, una etapa más real. Había venido quizás hasta estas tierras para forjarme un espacio interior sólido, a prueba de todo.

Y salimos adelante. Todos los doctores coincidieron en que su recuperación había sido milagrosa. Comentaban que parte de su recuperación se debía a su excelente constitución física, así como a sus deseos de vivir, pero también, como ellos mismos lo expresaron, se debía a la devoción de mis cuidados. Estoy segura que lo cuidaba de ese modo por el amor y agradecimiento que sentía por el, pero también porque así lo había aprendido de Delfina, mi madre.

Aunque todavía tiene secuelas que sólo el tiempo podrá curar, por todo lo demás Doug camina bien, habla, razona, todo de maravillas. Recobró su gallardía y si no del todo su carácter, el que tiene ahora es más lindo, más tierno, más amoroso. Todavía no puede trabajar ni manejar, pero estoy segura de que algún día podrá.

Hemos perdido muchas cosas, es verdad, pero no la esperanza. Al contrario, nunca había tenido más fe y mas esperanza que en estos momentos, gracias a que desde el principio me aferré a una idea que me salvaría: estaba segura de que todo aquello no era sino una bendición para los dos. Y no me equivoqué. Una bendición que quizás no entendíamos en su momento, pero que tarde o temprano lo haríamos. Dios nos había transformado a través de la relación misma. Desde ese punto de vista, nuestra relación se había convertido en una relación santa, en donde el amor real, la conexión profunda, y el encuentro con nuestras almas era posible. Los dos íbamos a ser un refugio para los dos, estábamos purificados a través del dolor, agradecidos de estar vivos, listos para servir el uno al otro, amarnos de verdad, y amar al mundo.

Antes de que esto sucediera, pensábamos que nos queríamos, pero que equivocados estábamos. Cuando comparo con el pasado la ternura, la lealtad, la devoción que me tiene y la que le tengo, encuentro una diferencia enorme. Ahora si sabemos como amarnos, ahora si somos uno. Estamos curados y podemos curar.

¿Qué es lo que los unió cuando se conocieron? “La razón te diría que tuvieron que haberse visto el uno al otro a través de una visión que no era del cuerpo y haberse comunicado en un lenguaje que el cuerpo no habla. No pudo tampoco haber sido una visión o sonido atemorizante lo que tan dulcemente los unió. Fue más bien que cada uno vio en el otro un perfecto refugio donde su Ser podía renacer a salvo y en paz. Así se lo dijo la razón y así lo creyó porque era la verdad.” UCM Capitulo 22. El mensaje de La Relación Santa.

dougandme